Manifestar la vida ideal o la mejor versión de uno mismo es una actividad que cuenta, hoy en día, con excesivos medios para ejecutarse: desde escribir sueños en un diario hasta hacer rituales con velas, o desde planear rutinas concretas hasta meditar para visualizar propósitos, las redes sociales parecen hacer eco de las múltiples formas en las que las películas mentales pueden alimentarse hasta encarnarse en la película corpórea de la vida real. Sin embargo, y tomando mi expresión favorita de Carrie Bradshaw, I couldn't help but wonder: ¿Qué diferencia a las películas mentales, a esas fantasías tan claras y específicas, de este plano de la realidad en el que habitamos? 
El día a día de la vida "real" parece ser una seguidilla de conversaciones con personas. Amigos, compañeros de trabajo, desconocidos o familiares: durante el día establecemos, por lo menos, una conversación. Algunas interacciones pueden ser iniciadas por nosotros y en ocasiones podemos empezar la charla respondiendo a otros, nuestro tono de voz cambia de acuerdo al contexto e incluso fluctúa en el transcurso del mismo intercambio de palabras que realizamos. Para sumar consideraciones, no siempre nos comunicamos con la voz y lo más interesante de todo: nuestras palabras y conjuntos de palabras nunca parecen abarcar todo lo que queremos transmitir. ¿La diferencia entre estas conversaciones y las películas mentales? Ninguno de los diálogos que establecemos se ajusta a la perfección al libreto que planificamos en nuestra mente, aún aunque hayamos repasado nuestras palabras mil veces antes de pronunciarlas.
En las visualizaciones ideales todo funciona a la perfección. Los personajes dicen exactamente lo que tienen que decir, las secuencias de movimiento constituyen momentos (escenas) que generan un determinado clima cuasi inmodificable, incluso las interrupciones y exabruptos están guionados. En este punto resulta necesario hacer dos distinciones: la primera, más allá de la artificialidad de nuestras ficciones, son esos frutos de nuestra imaginación los que de una forma u otra nos sostienen y otorgan sentido a lo que hacemos. La segunda, quizás la única forma que tenemos de encarnar en la vida real eso que soñamos sea utilizando como herramienta nuestra propia voz, ese extraño sonido con el que nos comunicamos y que no siempre nos gusta, esa voz que casi nunca podemos escuchar en una película mental en la que prima la vista por sobre el sonido.
Si pensamos a la vida real como la trama de una película repleta de contingencias y careciente de cualquier tipo de guion, uno de los elementos que modifica a la narrativa de este no-guion es nuestra acción. De hecho, en este no-guion al que llamamos vida, una de las disociaciones más básicas que existen es la de palabras vs acciones: decir algo no equivale a hacerlo y ambas cosas puedan diferenciarse. Sin embargo, y aunque las películas mentales precisen de acciones para concretarse, me gustaría rescatar el valor de las palabras, tan engañosas como poderosas. ¿Qué decimos y cómo? ¿De qué manera nuestra voz puede volver cuerpo a esas ficciones con las que soñamos despiertos?
Quizás la incomodidad de las conversaciones, que brilla por su ausencia en las películas mentales y se padece frecuentemente en la vida real, sea una enorme modificadora de tramas y creadora de nuevas posibilidades, de esas que en nuestra cabeza coexisten en potencia. La voz, entonces, como un instrumento que no necesariamente tenemos para responder, sino también, y especialmente, para accionar y crear, generando espacio en este plano de la realidad para todas nuestras películas mentales, incluso las más imposibles. La voz como una cosa incómoda que podemos permitir sonar, evitando que se quede guardada en la garganta de un personaje secundario de la narrativa imaginaria-real de alguien más. Visualizar nuestra mejor visión y personificarla tal vez implique hablar como ese personaje de ensueño que potencialmente somos.
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