Ficciones creadoras y alguna que otra farsa


En la región de Campania, Italia, se ubica una ciudad con un paseo marítimo bellísimo: Salerno. Fue en sus calles estrechas donde, hace un par de años, me encontré con un pequeño local que exhibía cuernos rojos en espiral y de todos los tamaños, bajo un cartel que decía "Corni Collaudati". A primera vista no supe de qué se trataba. Por el color rojo, supuse, podrían quizá funcionar como amuletos, pero lo que no lograba descifrar era su forma. "Son amuletos napolitanos contra el mal de ojo", me comentó al pasar la guía local. Decidí sacarles una foto, en parte por la intriga y en parte porque me fascina el contraste entre el rojo y el turquesa. "Cuando vuelva a Argentina googleo bien de qué se tratan", pensé, y efectivamente lo hice. Cornicello napolitano, el cuerno de la fortuna. Una buena cuota de misticismo brota de estos extraños amuletos, que aparentemente funcionan como defensa frente a la mala fortuna y las influencias negativas. Son cuernos con forma de pimiento, de hecho me hacen acordar a los chiles que tengo plantados en mi patio. Se los puede encontrar colgados en las puertas de muchos hogares de Nápoles, incluso se los relaciona con la fertilidad. La tradición establece que, para que traigan suerte, deben ser artesanales y recibidos en forma de regalo. 

Cuando observé los cuernos de la fortuna por primera vez, no tenía idea de qué se trataban. Lo mismo me sucedía con las pulseras rojas de tela o los maneki-neko (esos gatos de la fortuna que suelen aparecer en los mostradores). "Supersticiones", de esas que los ojos más racionales pasan por alto en el afán de considerar a cualquier explicación mágica, irrisoria. ¿Por qué siempre necesitamos pruebas? ¿No es acaso la validez otro mito que nos inventamos para sentir una ilusoria seguridad? Tal vez, como decía Nietzsche, ni siquiera la ciencia puede existir sin mito. De hecho, para este señor es parte de la esencia de la acción el ser velada por la ilusión; en otras palabras, necesitamos armar ficciones para modelar la realidad y sentirnos seguros en ella, para distinguirla, recortarla de una nada inconmensurable y absurda.



Quizá nuestros ojos no están preparados para "lo nuevo", pero van a acostumbrarse. Lo nuevo va a ser legitimado en tanto novedad. Conviviremos con criaturas aladas de piel azul, hallaremos explicaciones. Tal como los cuernos de la fortuna napolitanos, inventaremos alguna historia para lo que sea que nos sorprenda, incluso una historia con pruebas y experimentación, una ilusión sostenida por señores de anteojos y guardapolvo blanco. ¿Todo es una farsa? Bueno, en parte lo es. Verdadero y falso, en tanto invenciones, son al fin y al cabo relativos. Los cuernos de la fortuna pueden ser tan verdaderos como que hoy es miércoles, ambos son ilusiones. Sin embargo, en tanto la farsa sea sostenida y creamos en ella, ¿Cómo distinguirla de lo verdadero? ¿Qué es lo verdadero en esta extraña realidad inventada? Todo parecería ser una obra de teatro interminable, una puesta en la que los lugares de los actores y el público se intercalan tan fluidamente como las ventas del corni collaudati, las pulseras rojas y los gatos de la fortuna. Hans Vaihinger advierte: "Friedrich Nietzsche alcanzó a percatarse de que la vida y la ciencia no son posibles sin concepciones falsas o imaginarias. Ante todo observó que tales concepciones inventadas, y por tanto erróneas, son inconsistentemente empleadas por el hombre en bien de la vida y la ciencia." Tiempo, espacio, causalidad, todo parecería ser una metáfora, una ilusión que nos otorga sentido, entre otras tantas cosas. 

Creo profundamente en la función creadora de las ficciones, quizás esa sea mi propia ficción. Hay ficciones que se vuelven realidad, pero también hay otras que crean realidad. Incluso hay ficciones que no se eligen y ficciones que sí se eligen. Lo importante, pienso, radica en la riqueza de las ficciones, en sus espacios posibles y creadores: probablemente no exista nada más asfixiante que una ficción que no se percata de su esencia ficcional. Si todo es ficción, entonces todo es posible. Se pueden crear ficciones ricas en detalles, se puede crear diferencia, se puede hacer circular a la diferencia en los vericuetos de la ficción. Una ficción rica y creadora permite no solo alojar de manera amorosa a la diferencia, sino expandir los márgenes de libertad que nos circundan, retorciendo a lo ilusorio, a las ficciones que delimitan lo que entendemos por "real". Después de todo, los cuernos italianos y los gatos negros embrujados no distan mucho de las ficciones que nos modelan. Todo, en parte, es superstición. 

Incomodar a los ojos, a todos los sentidos, descubrir cosas. De eso se trataría la expansión, de la conquista de nuevos territorios soñados y en tanto ficcionales, siempre posibles. Después de todo, si la vida es una especie de obra de teatro, una farsa, entonces mejor hacerla entretenida: que entren personajes nuevos, que cambie la escenografía, que se enriquezca esta experiencia estética para al menos volverla disfrutable. Volvemos a Nietzsche: "Hemos organizado un mundo en el que podemos vivir: suponiendo cuerpos, líneas, superficies, causas y efectos, movimiento y reposo, forma y contenido; ¡sin estos artículos de fe nadie sería capaz de soportar la vida!" Nuestros inventos modelan la vida, y no por ser inventos deberíamos desconfiar: todo es invento. ¿Qué podemos inventar, entonces, para alojar a lo incomprensible desde un lugar creador y móvil? ¿De qué manera ficcionar para volvernos cada vez más libres, tanto nosotros como los demás?


Fuentes:

Hans Vaihinger. La voluntad de ilusión en Nietzsche: las fuentes de la idea de ficción en Nietzsche, escritos de juventud. 




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