Una cuestión de piel
No todo lo íntimo ocurre hacia adentro ni tiene por qué replegarse. Si la intimidad no es un refugio —o al menos no un refugio cerrado—, si hay algo que permanece abierto, entonces lo íntimo también podría ser una forma de contacto. Suena extraño pensarlo así: tal vez la intimidad, en su imposibilidad de cerrarse, sea más expuesta que secreta.
Desterrar la idea de lo íntimo como propiedad de uno, sugiere un encuentro inevitable donde lo mío ya no es mío porque el acontecimiento me excede. La intimidad, entonces, se produciría cuando algo en mí se abre y se expone al otro extraño. Hay algo que entra en contacto y, de algún modo, algo ya se está produciendo en el mismo instante en que acontece ese encuentro.
Existe un término japonés, "Ma"間, que ofrece un ejemplo preciso para pensar esta apertura. En español podríamos traducirlo como "espacio negativo", una abertura o intervalo, pero no vacío de contenido. Tal como la luz que entra por la rendija de una puerta que no está del todo cerrada, Ma間 alude al espacio entre las cosas donde algo puede pasar, una pausa llena de energía y potencia, como los silencios e intervalos entre las notas de una melodía. No se trata de la lógica de "hay algo o no hay nada", puesto que aquí "hay algo" porque hay espacio.
Sugiero pensar la intimidad como una disposición lenta donde basta con estar lo suficientemente cerca o, como bien lo explica el Ma間, con la distancia justa para que exista relación. No se trata de un gesto claro ni una escena evidente. Podríamos imaginar un silencio compartido, o el modo en que los cuerpos se aproximan, miradas que coinciden o tal vez una cercanía sostenida un segundo más de lo esperado. Lo importante es que una presencia se registra antes de decirse y allí aparece la piel, ese órgano que no habla ni piensa: toca, separa, expone y siente.
Aparece una especie de atmósfera íntima, ese punto donde "mi" ser (si es que es mío) se abre al del otro (si es que es "del otro", francamente no creo que sean separables) y ese acontemiento relacional se vuelve palpable, casi carnal. En el contacto se gesta la textura de lo íntimo, y con ello un riesgo. Ya nada se puede guardar cuando intuimos la inevitable imposibilidad de cerrarnos, algo se arriesga al aparecer ese entre que ya está cargado de sentido; ya no hay posesión porque la intimidad no se posee, sucede.
A menudo utilizamos la expresión "cuestión de piel", cuestión de "tener o no tener piel", como si esa química a la que aludimos se nos escapara de las manos. "Pasa o no pasa", nos excede, no puede pensarse, controlarse, predecirse. "No tener piel" implicaría que nada nos interpeló y nada se puso en riesgo: no hay apertura, condición primera de lo íntimo. En otras palabras, nada se produjo.
Cabría preguntarse, entonces, por aquello que se produce cuando la piel sí percibe la textura de lo íntimo o, como solemos decir, "hay piel". La respuesta podría ser un mundo, un territorio que no existía antes del encuentro y que se sostiene mientras la cercanía persiste. De esta forma y en este "entre", algo se ralentiza y se espesa alterando la percepción del tiempo pero también del espacio: el afuera no desaparece, pero queda en suspenso (puesto que cambian sus coordenadas). Una nueva organización de sentido emerge entre los cuerpos; allí donde hay piel, las cosas dejan de ser neutrales porque todo importa. Un silencio pesa, una presencia modifica. Allí donde hay intimidad, se produce un mundo que altera lo posible, suspende el orden habitual y establece un criterio singular de verdad (nuevamente, no hay mundo sin riesgo). Nada de esto promete duración ni pertenencia, pero basta para que algo haya ocurrido y eso, quizá, sea todo lo que pueda pedirse a un mundo.
No hay razones para lo íntimo porque se trata de la apertura y disposición para percibir una textura. Es una cuestión de piel.
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