Experimentar > Interpretar


¿Qué se nos pasa por la cabeza cuando contemplamos un cuadro en un museo? ¿Realmente podemos entender lo que suponemos que alguien nos dijo? ¿Cuál es el sentido de interpretar algo si no han de existir parámetros que delimiten nuestra explicación posible?  Hoy quiero intentar pensar estas preguntas en el afán de demostrar que, en el fondo, para experimentar a la vida como una obra de arte lo único que hay que hacer es no pretender interpretarla. Para empezar, canalicemos a la chica poeta de la película de Goofy y sumerjámonos en la extraña dimensión de lo sensible.

Lo cierto es que la voz de nuestra mente nunca se calla. Constantemente pensamos y analizamos diferentes cosas, y aún en un estado de relajación como el sueño fabricamos sueños que en ocasiones recordamos a la mañana siguiente, generando un nuevo objeto de pensamiento. Conversaciones, gestos, películas, obras de arte, textos, situaciones: ¿Qué quieren decir? ¿Qué significan? ¿Acaso se puede pensar sin interpretar el significado de algo? 

En principio, la vida sería mucho más fácil si existiese un significado único y correcto para todo, un lenguaje perfecto que funcione como reflejo de la razón, una interpretación indiscutible. Quizás ese fue el sueño de la Modernidad, pero en nuestros tiempos posmodernos la famosa frase de Nietzsche "no hay hechos, hay interpretaciones" parece caerse de madura. Desde luego, siempre predominará una interpretación por sobre las otras (el poder dispone de los medios para instalarla como cierta), pero muy probablemente se desdibuje en cuestión de horas, volviendo a la incertidumbre la protagonista de todos los días. Ahora bien, quizás el padecimiento fruto de esta incertidumbre sin verdad estable se potencie aún más en nuestro afán de interpretar, de querer saber qué nos quisieron decir, de aspirar a definir cuál es la mejor opción, de intentar explicar qué significa esa pintura abstracta que, aunque nos esforcemos, no entendemos.

Hannah Arendt dijo una vez: Cada acto, visto no desde la perspectiva del agente sino del proceso en cuyo entramado ocurre y cuyo automatismo interrumpe, es un "milagro", esto es, algo inesperado. Nuestra existencia descansa, según Arendt, en una cadena de milagros como "el llegar a existir de la Tierra, el desarrollo de la vida orgánica en ella, la evolución de la humanidad a partir de las especies animales". Siguiendo esta línea, y si todo lo que ocurre es, inevitablemente, algo real pero ciertamente inesperado: ¿Se puede realmente interpretarlo? ¿Realmente podemos, en el afán de sentirnos más tranquilos, reducir al caos de lo improbable-probable bajo la lógica de nuestras explicaciones? 

 Si todo lo que nos rodea es caótico, inexplicable, provisorio e inestable, no necesariamente deberíamos caer en el nihilismo. De hecho, tal vez la falta de significado y la crisis de la representación funcionen como un pasaje a nuevos aspectos a tener en cuenta: movimientos, flujos, sensaciones y estados que escapan a las racionalizaciones de nuestra mente y que están allí, frente a nosotros, para ser experimentados. De este modo, visitar un museo ya no consistiría en contemplar pinturas o esculturas tratando de entenderlas y frustrándonos por comprender su significado o pensar una interpretación convincente, sino que más bien se trataría de una entrega a la experiencia estética basada en la experimentación, aplicándose esta última no solo al ámbito artístico, sino también a la existencia toda. 

La importancia, entonces, no radica en las interpretaciones que se puedan hacer acerca de algo finalizado, sino en lo que Boyer-Labrouche entiende como su construcción y movimiento. En otras palabras, ya no se trata de racionalizar y explicar las cosas bajo interpretaciones formales y estáticas, sino de experimentar la sensaciones, siendo estas últimas las que se transmiten directamente en la obra de la vida misma, “evitando el rodeo o el tedio de una historia que contar”, como dice Deleuze. Experimentar más que interpretar lo que nos rodea sería lo que la artista Lygia Clark llamó estado de arte: sacudir nuestra posición de espectadores, desmitificarla radicalmente. En síntesis, poner en suspenso nuestras explicaciones para contemplar lo que sucede, entregándonos a la experiencia con todo lo que ella implica, expandiendo los límites que tratamos de establecer con "lo que nos parece" que las cosas significan. 

Solo permitiéndonos experimentar este mundo caótico, accidental, milagroso y extraño en el que vivimos es que podemos comenzar a co-crearlo. Lo incierto, tal vez, como un misterioso estado que desemboca inevitablemente en la producción de formas provisoriamente definidas, siempre nuevas y dispuestas a expandir el horizonte de nuestras experiencias sensibles. Después de todo, estamos vivos, y la belleza y producción de planos posibles que ese hecho implica es innegable. Curiosidad, experimentación, y como dice Bob Ross:


Nota al pie: Quizá la experiencia de transmitirle algo a otra persona a través de los sentidos sea aún más interesante que la utilización de racionalizaciones y verbalizaciones tediosas y reductoras. Transmisión desde la invocación de los sentidos, las sensaciones, las texturas y los colores, incluso una educación que exceda los límites de la transmisión de interpretaciones para zambullirse en las múltiples dimensiones de la experiencia. 



 

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