Si los planetas dejaran de orbitar
¿Cuál es el espacio entre la especulación y el acto? ¿Cómo se habita en ese instante estremecedor que indica que algo efectivamente está por ocurrir? ¿Qué tan potente puede ser eso que, comenzando a ser, ya está siendo? Hoy Kierkegaard y Madonna se tiran en paracaídas para hablar, en el aire, de los saltos estremecedores pero inevitables que se nos escapan de las manos.
La imaginación tiene esa extraña capacidad de generar escenas que orbitan, cual piloto automático, en el espacio de la mente. De hecho, el tiempo que se pueden pasar flotando allí es sin dudas indefinido, y en general la mayoría pueden orbitar para siempre o ser absorbidas por un agujero negro antes de ser llevadas a cabo. Como ya dijo Madonna en Jump, "mientras más se espera, más se pierde el tiempo", pero si las ideas casi siempre exigen ser perfeccionadas y analizadas minuciosamente antes de volverse acto, ¿Cómo no esperar? La falsa creencia de que a mayor tiempo de análisis, más perfecto será en la realidad, parece ser el precio que se paga por la belleza de estas ideas que orbitan como planetas a nuestro al rededor. Sin embargo, claramente Madonna no tiene tiempo para embellecer escenas imaginarias: su miedo no es enfrentarse a la realidad y su imperfección, sino quedarse en su lugar, rotando sobre el mismo eje: como Kierkegaard, Madonna nos invita a dar un salto salvaje, a prepararnos (pero rápido, que no hay mucho tiempo) para arrojarnos al vacío.
El otro día pensaba en cómo se les debe erizar la piel a los paracaidistas durante ese segundo efímero en que se tiran a la nada, ese primer segundo donde toman conciencia de que ya está, ya no hay mucho más por hacer o pensar, están en el aire. Tal vez lo mismo ocurre cuando decimos algo que habíamos analizado cien veces en nuestra cabeza antes de pronunciarlo, cuando nos damos cuenta de que las palabras efectivamente están saliendo de nuestras bocas y no de la manera en que habíamos pensado que lo harían. Palabras desprolijas, desordenadas, toman cuerpo a través de un instrumento tembloroso que vibra en nuestra garganta. Instante extraño e incómodo el de vivir y de hecho hacer algo, salto al vacío donde se arrojan por la borda todas las expectativas para enfrentarse a la realidad, a esa dimensión en la que actuamos y nos relacionamos con nuestra propia existencia. Un salto tan rápido pero tan intenso (como Jump de Madonna, master piece) que a Kierkegaard le daba la sensación de existir sólo durante un breve instante.
Las ideas, orbitando, quizás sean el primer paso para algo mucho más asombroso. Imaginar y crear son la base en la cual nos apoyamos para proyectarnos hacia el futuro, se trata de una máquina de posibilidades que nos da un motivo para seguir en este mundo. Sin embargo, existir también significa elegir y actuar, tirarse al vacío con o sin miedo (la verdad ya no importa porque estamos en el aire) y, en el mejor de los casos, actuar con curiosidad: tal vez preguntarse por lo que está por venir, desear saber de qué se trata la existencia, sea la mejor herramienta para saltar desde cualquier altura. Curiosidad como una fuente de energía que solo se potencia con cada acto, una energía tan intensa que vuelve a la especulación algo secundario, ya que es este análisis el que adormece a la sorpresa de enfrentarse a la existencia, siempre desconocida e imposible de predecir, y sin embargo tan viva e intensa, vértigo y libertad conjugándose en cuanto nos arrojamos, sabiendo que lo que va a ser, efectivamente ya está siendo en ese primer segundo donde los pies acarician el aire y las ideas se nos escapan de las manos para tomar cuerpo.

Comentarios
Publicar un comentario