THEATRUM MUNDI: En el fondo todos somos una pintura barroca

Por Ethel Rosso

Esther y Asuero, Artemisia Gentileschi, 1628

Hay un documental en Netflix que no me canso de recomendar y es Hongos Fantásticos (2019), dirigida por Louie Schwartzberg. Lo cierto es que, en sus ochenta minutos de duración, no sólo se aprenden infinidad de cosas, sino que se empieza a observar a la naturaleza con otros ojos, de esos ojos que sospechan, se sorprenden y admiran. Si bien hoy no quiero explayarme en una reseña sobre el documental (ya le quemé la cabeza a amigas y familiares, je), rescato una observación que hizo Paul Stamets, micólogo y activista, sobre el tema: La naturaleza es inteligente y debemos encontrar la forma de comunicarnos con ella. El hecho de que no contemos, al día de hoy, con las competencias lingüísticas para ello, no significa que la naturaleza no sea inteligente; en todo caso, el problema es nuestra insuficiencia en el conjunto de habilidades para la comunicación. Claramente, después de tomar contacto con esta observación, mi cabeza disparó fuegos artificiales de imágenes cruzadas y sin sentido, entre ellas las pinturas de Artemisia Gentileschi (vale la pena googlearlas), conversaciones que voy teniendo por ahí y alguna que otra idea de Spinoza sobre la naturaleza que apenas entendí (pero por algún motivo quedó flotando). ¿Cómo se conecta todo esto con los hongos? Veremos. ¿Hay un ovillo prolijo en este texto o un hilo todo enmarañado? Siempre la segunda opción. De lo que voy a hablar hoy, al fin y al cabo, es de conversaciones.

Esto es Judit decapitando a Holofernes (1620) y lo pintó la italiana Artemisia Gentileschi. Sí, mucho drama en esa pintura. Sin embargo, por el año de la obra podemos afirmar que este drama no es casual: se trata de pleno siglo XVII, es decir, una época en la que Europa atravesaba un momento de plagas, guerras, miseria y Contrarreforma (un intento de la Iglesia por marcar su dominio frente al protestantismo, que amenazaba contra ella). De este escueto panorama que estoy dando, elijo recalcar una cosa: surgió el estilo Barroco, y con él las pinturas recargadas, de poderosa tensión dramática, con fuerza, realismo y contraste. Tenebristas y expresivas, obras como las de Caravaggio se volvieron sumamente populares, pero no hay porqué quedarse sólo con pinturas. Teatro, melodrama, danza, espectáculos circenses, marionetas...otra vez, mucho drama. De alguna forma u otra, en esa época del Barroco se entendía al mundo como una especie de teatro (y de ahí "theatrum mundi"), y lo que se representaba no eran las cosas en sí, sino la manera en la que se quería que fueran las cosas, pura ficción. Este es el punto en el que vamos a traer a colación una frase de Shakespeare para ilustrar (clave el año, 1599): "Todo el mundo es un escenario, y todos los hombres y mujeres meros actores" (esto lo escribió en una obra de teatro que se llama Como Gusten). 

Dicho todo esto, no resulta muy loco pensar que el siglo XVII se parece no sólo a nuestra época, sino incluso a nuestras propias vidas. Después de todo, estemos en la época en que estemos siempre vamos a percibir nuestra propia narrativa como una pintura de Artemisia Gentileschi recargada de drama, ya que al fin y al cabo nuestra vida es "nuestra" propia obra de teatro, donde somos protagonistas y a su vez directores configuradores de tramas. ¿Cómo no percibir a los otros, entonces, como personajes de nuestra vida teatralizada? Todo lo que los otros hacen, dicen, gesticulan, en suma, todo lo que nos rodea es, en el fondo, un drama. Este drama, dependiendo del momento, podría ser atravesado como una pintura barroca y sobredimensionado a la máxima potencia, vivido con plena sensibilidad y la mayor de las intensidades. O, por el contrario, podría ser vivido como una película de culto interminable y tediosa, con muy poco dramatismo y más mente que corazón. De hecho, no se puede atravesar una de esas experiencias sin vivir la opuesta, sino no podríamos identificarlas. 

Sea como sea, en el fondo todos formamos parte de una pintura barroca al menos una vez. Lo importante, pienso, no recae en la cuestión de si las pinturas barrocas son buenas o malas, sino en la importancia de saber reconocer que así como nosotros somos una pintura del Barroco, los otros también. En otras palabras, los otros son personajes de nuestra propia pintura llena de drama, pero también son sus propias pinturas, y esto es maravilloso: significa que en cada conversación que entablemos podemos elegir si queremos escuchar e interpretar únicamente desde nuestras propias categorías en el afán de lograr la economía mental que nuestro cerebro nos obliga a alcanzar, o si queremos, por el contrario, relacionarnos con los otros desde un punto de vista tan curioso y humilde como el que podríamos tener con, por ejemplo, la naturaleza misma. Una conversación con el otro en la que, antes de pensar qué vamos a decir, escuchemos con total atención ese drama-otro, en el que admiremos la pintura barroca de otro pintor que no somos nosotros para entender que, en el fondo y pese a nuestras particularidades, todos somos una obra de teatro digna de ser aplaudida. 

Si Paul Stamets habla del misterio de los hongos y de la infinita fuente de inteligencia que podemos hallar en la naturaleza si tan solo nos dignáramos a ser guiados por nuestra capacidad de sorprendernos ante lo desconocido (en el afán de intentar comunicarnos con ese misterio), las conversaciones con los otros no distan mucho de eso. Relacionarnos con otros es también relacionarnos con un misterio que no podemos explicar muy bien, o que al menos nunca vamos a lograr explicar si nuestra comprensión se reduce enteramente a nosotros mismos. Es inevitable insertar a los otros en nuestro propio drama-vida, pero lo que no es inevitable es relacionarnos con ellos meramente desde ese espacio: tenemos por descubrir nuevas formas de relación que respeten y honren el misterio de la naturaleza, lo desconocido de los otros, las obras teatrales y barrocas que no son de nuestra autoría, pero son. En estas relaciones-misterio-sorpresa-diferencia, en esta contemplación de un escenario tan dramático y complejo, tan otro, ¿Qué mejor amiga que la curiosidad?

Sansón y Dalila, 1632, Artemisia Gentileschi.



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