Algunas notas sobre contacto visual
La buenaventura, Caravaggio, 1595.
Anoche soñé con una mirada interesada en lo que yo tenía para decir, unos ojos sorprendidos que me hacían sentir comprendida. Me desperté y busqué "contacto visual" en Internet. Quería saber algo al respecto. Encontré un cuadro famoso de Caravaggio, "La buenaventura", y me quedé fascinada con el contacto visual entre los dos personajes. Como la mayoría, no me percaté de lo que ocurría con sus manos. ¿Es el contacto visual tan engañoso?
Del contacto visual se pueden decir muchas cosas. En principio, que se trata de una forma de lenguaje no verbal, que puede comunicar distintos mensajes de acuerdo a la cultura en cuestión, que resulta fundamental para seducir o que incluso con una sola mirada se puede provocar un mal de ojo. En 2016, Diane Elizabeth y Nika Antuanette realizaron un experimento en el parque Lloyd Hall de Filadelfia que pretendía estudiar las conexiones humanas reuniendo a los participantes en parejas y pidiéndoles que se miren fijamente a los ojos durante el plazo de un minuto. "Te podés dar cuenta de muchas cosas mirando a los ojos a alguien", comenta uno de los participantes del experimento, que puede encontrarse en Youtube como "Philadephia Eye Contact Experiment 2016 Documentary." Según la mayoría de los participantes, en los tiempos que corren vivimos tan conectados con lo que sucede en las pantallas de nuestros celulares que olvidamos mirar a los ojos a los seres humanos con los cuales nos cruzamos, por lo tanto es fácil sentirnos desconectados entre nosotros, al menos en la vida real. Si bien podríamos preguntarnos si en realidad existe un límite claro entre la vida real y la virtual o si ambas están prácticamente mezcladas, el punto del experimento es poder vivenciar lo que nos sucede cuando nos miramos con atención. ¿Qué significa ser mirados? ¿Cómo nos damos cuenta? ¿Qué cambia?
John Berger, pintor y crítico de arte, publicó en 1972 un libro que se llama "Ways of Seeing", donde compila siete ensayos en los que analiza cómo la manera en que miramos a las cosas está determinada por lo que sabemos. Si miramos nuevamente a La buenaventura de Caravaggio, tal vez podamos decir que, en el caso de que una adivina de la suerte nos tome de la mano, no nos perderíamos en su mirada con tanta facilidad. Quizá sospecharíamos de ella, desconfiando del futuro que dice leer en los pliegues de nuestra palma. Según Berger, el proceso de ver una pintura o ver cualquier otra cosa no es tan espontáneo y natural como creemos: la belleza está en el ojo de quien está viendo y la forma en que miramos se basa en el hábito y la convención; en este sentido, hoy podemos ver la pintura de Caravaggio como nadie lo ha hecho en su época. Tal vez por ese motivo se dice tan frecuentemente que nunca vamos a poder ver la misma cosa de la misma manera, y esto puede trascender el ámbito de la mirada para aplicarse al resto de los sentidos. No vamos a saborear el vino de la misma manera si aprendemos a catarlo, no vamos a escuchar un tema de Sylvain Darrifourcq con cara de irritación si empezamos a escuchar con frecuencia jazz avant-garde. Incluso es posible decir que nuestra experiencia no depende necesariamente de un hábito o aprendizaje adquirido, sino simplemente de cómo estamos en tal o cual momento. Como dijo Heráclito y millones de personas a partir de él, no es posible bañarse dos veces en el mismo río. Quizá por ese motivo Marita Sturken y Lisa Cartwright escribieron "Practices of looking. An introduction of visual culture" (2009), en el que analizan el poder de las imágenes y nuestra forma de percibirlas en la modernidad y la postmodernidad.
Volviendo a los ojos, podría indagarse también lo que sucede al sentir una mirada sobre uno mismo. ¿Qué significa ser mirado? ¿Da lo mismo? No. O al menos eso dice Elton Mayo, sociólogo y psicólogo industrial, que acuñó el término "efecto Hawthorne", que establece que en un experimento nuestra conducta puede modificarse no por una manipulación del experimento en sí, sino por el hecho de saber que estamos siendo observados. Obviamente esto recuerda al estadio del espejo de Lacan, donde tomamos conciencia de que estamos siendo observados y a partir de ello desarrollamos el yo como instancia psíquica, o a lo que ya decía Sartre acerca de la existencia del infierno encarnada en la mirada del otro. Es con esta última idea en mente que, en 2019, la periodista y escritora Irene Chikiar Bauer adaptó el clásico "A puerta cerrada" de este filósofo a una obra teatral que buscaba enfatizar cómo, cuando vivimos concentrados en nosotros mismos sin establecer relaciones empáticas con los otros, podemos llegar a ver a éstos últimos y a sus miradas como un infierno. Sin dudas, al darnos cuenta de que estamos siendo vistos, tomamos conciencia de dos aspectos: por un lado, del otro que nos mira y de su presencia, es decir, el otro pasa a ser un sujeto y, por el otro, de nosotros mismos en la situación en la que nos encontramos en este momento. Hace unos días tuve la oportunidad de entrevistar para mi tesis de psicología a una arte terapeuta que describió la experiencia de trabajar artísticamente con otros de la siguiente manera: "Son formas de mostrarse y reconocerse en uno y en los otros." En este sentido, y rescatando una de las conclusiones a las que llega Daniel Chandler en 1998 con su trabajo "Notes on The Gaze", el problema con la mirada es su íntima relación con el tema de la identificación, ¿pero es esta la única cuestión en que se agota el tema del contacto visual?
En Wikipedia extraen una definición del Cambridge Advanced Learner's Dictionary & Thesaurus que establece que el contacto visual es la situación que ocurre cuando dos animales se miran el uno al otro a los ojos al mismo tiempo. Una definición tan simple como esa explica perfectamente lo que sucede entre los personajes de La buenaventura de Caravaggio, acotando, desde luego, que se trata de dos seres humanos con el raciocinio suficiente para elaborar significaciones y sentidos para la experiencia de mirar y ser mirados que exceden al plano de lo instintivo. La pintura refleja una escena cotidiana pero a la vez íntima: un joven se saca el guante para enseñar su mano a una gitana que pretende leerle la fortuna. Sin embargo, si bien la gitana sostiene y acaricia la mano del joven, no es allí donde posa su mirada: ambos mantienen el contacto visual, él denotando interés, ella seducción. Momento íntimo, el misterio de dos personas colisionando en una mirada sostenida. Tal vez por la intensidad de ese encanto es que el joven no se percata de lo que en realidad está sucediendo: ella está sacándole lentamente y con astucia un anillo de su dedo. Pero no culpemos al joven por su distracción, incluso el observador del cuadro puede dejarse llevar por los ojos de sus protagonistas. ¿Qué ocurre entre ellos? ¿Qué expresan esas miradas? A veces la mayor ilusión óptica puede recaer en los límites de nuestra atención, en posar nuestra mirada sobre algo que se vuelve figura y fingir que el fondo no existe.
Dar cuenta del contacto visual entre los personajes de pinturas es algo que me fascina. Siento que guardan un secreto entre ellos que tengo ganas de conocer, que comparten una complicidad de la que me gustaría ser parte. Quizá lo más interesante de experimentar complicidad con otro ser humano sea el contacto visual que se puede establecer entre ambos, un contacto que en definitiva configura un instante tan íntimo y a la vez tan efímero que en tanto vive nos hace sentir vivos, y en tanto muere nos recuerda que a fin de cuentas somos un cuerpo que parpadea y que no todo el tiempo puede sostener una conexión tan fuerte como esa. Tal vez, parte de la intimidad tenga que ver no sólo con el mirarse, sino con elaborar una significación para esa mirada. Sea lo que sea, celebro experimentar esa conexión y guardo como una foto en mi memoria la mirada del personaje en mi sueño, que inspiró estas notas sobre el contacto visual y la magia de reconocer y sentirnos reconocidos.

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