Carta de amor a las ciudades

 Las ciudades son como los sueños, están hechas de deseos y miedos - Italo Calvino

Ventanas en la noche - Edward Hopper (1928)


Sobre las ciudades se dice de todo porque una ciudad puede ser todo al mismo tiempo. Insegura y tranquila, vieja y moderna, gris y llamativa, interesante e insípida. Lo mismo aplica a sus habitantes, dado que en las ciudades conviven soñadores llenos de esperanzas y vecinos de antaño con ojos difíciles de sorprender, turistas con anteojos de sol que se chocan con señores de traje y corbata, degustadores de restaurantes y mujeres que amamantan a sus hijos mientras piden limosna. Baldosas flojas, baldosas nuevas. ¿Y en las calles? ¿No son las calles arterias? ¿Y qué fluye a través de ellas? Extraña y diversa calaña de autos frenando cada tres minutos, gritos de un conductor a otro, un programa de radio anunciando probables lluvias, un espectador en el asiento trasero de un taxi mirando su reloj. 

-¿Es segura esta ciudad? 

-Depende la zona.

En el subte, un joven con auriculares revolea los ojos y los posa unos segundos sobre una señora de tapado y guantes de cuero. Ella lo mira, y quizás esa mirada presente dos cosas: por un lado, un evento poético inefable y, por el otro, una intimidad corta pero íntima en fin, intimísima, aún más íntima que la que puede tener ese joven de auriculares con los vecinos de su edificio, a quienes no conoce y a quienes nunca ha mirado por un instante tan largo como el que comparte con la señora de tapado. Es que en las ciudades el bien preciado es el anonimato que pocos entienden y muchos anhelan. Múltiples identidades secretas y entrecruzadas, desordenadas o colgando de las perchas de un armario, vivas o muertas. 

Estupenda y miserable ciudad, que me enseñaste lo que felices y feroces aprenden los hombres de niños, [...] a defenderme, a ofender, a tener el mundo ante mis ojos y no sólo en mi corazón, a comprender que pocos conocen las pasiones en que he vivido 
- Pier Pasolini

¡Ah, hermosa ciudad llena de sueños! Del otro lado del océano y a las cuatro de la mañana, un empresario sueña con ella y la extraña, mientras navega en las alcantarillas de su memoria sin darse cuenta que la ciudad en sus recuerdos se ve más adornada, más linda, más misteriosa de lo que en realidad es. Piedad para los soñadores, a fin de cuentas ¿Cómo es esta ciudad en realidad? ¿No es acaso todo y más? Apariencia y presencia, honesta y difusa, romántica y asquerosa, con ojos abiertos y con ojos cerrados. ¡Y ruidosa! ¡Sí! ¡Es tan ruidosa a cualquier hora! Los sonidos cobran un volumen extra dentro de los límites de esta ciudad, límites, por cierto, poco claros. 

Pero no hay olvido, ni sueño: carne viva. Los besos atan las bocas en una maraña de venas recientes y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros - Federico García Lorca

Mi ciudad, tan soñada y tan despierta, guardando los anhelos de sus habitantes en miserables monumentos de piedra manchados con aerosoles de colores, tristes consignas municipales y sucias palomas atestiguando la escena. ¡Corten! ¡Corten! Pero no, no hay cortes. La ciudad es una sola toma y entera, la ciudad es el elenco, la ciudad es la escenografía y también los camarines. Y esta noche dormimos, y mañana todo se repite, y la ciudad es entonces también ritmo, y también esto, y aquello. Confieso que se alojan mis pasiones en eso que la ciudad es, lo confieso en esta carta de amor, tengo que confesarlo: que percibo a sus calles aún más inmensas de lo que podría percibirlas un niño, que no me quejo de sus cafés con sabor a quemado, que su desfachatez e indiferencia no me hieren. ¿A dónde van estas personas que caminan tan apuradas? ¿Puedo acompañarlas? ¿O acaso son personas-instante, de esas que se esconden en los edificios de este paisaje tan poco armonioso? Pero, ¿quiénes son? Pero, ¿a dónde van? 

Ciudad inventada, sagrada y atea, pública y secreta, escurriéndose por las persianas de quienes osan vivir entre sus cables con ratas blancas, tristes cables desteñidos, tristes ratas desteñidas. ¿Y los sueños? Están colapsando en las rotondas, al ritmo de siga, espere, frene. ¡Doble a la izquierda, piérdase en estos rascacielos sin techo y continúe soñando! ¡Todo al mismo tiempo, podemos ser todo al mismo tiempo! 



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