The pink studio, Henri Matisse, 1911
La pintura de arriba es el estudio rosa de Henri Matisse, el famoso pintor impresionista tan conocido por el particular uso que hacía de colores vívidos, intensos y disruptivos. Pienso que no siempre pero, en algunas ocasiones, todos nos hemos hallado en un estudio (nuestra propia cabeza) intentando inventar algo. Tal vez no por propia voluntad o tal vez sí, pero allí estamos, en medio de un estudio desordenado o pulcro (francamente depende del caso), revolviendo materia prima para dar a luz a algo nuevo, a una creación que no necesariamente debe ser artística: a veces es un proyecto, una respuesta, un sentido.
Lo cierto es que crear resulta, la mayoría del tiempo, una experiencia más caótica que inspiradora. De hecho, puede que la inspiración nos dure cinco minutos y la frustración unos cuantos años, porque lamentablemente con inspiración no alcanza. Crear, en todo caso, es una experiencia de carácter vívido en la que la imaginación y el juego ponen en tensión todo lo conocido para invadirlo con todo lo que hay por conocer. En este sentido, una aventura de carácter necesariamente vanguardista comienza a vislumbrarse. No creo que resulte fácil sistematizarla, pero intentemos acercarnos a ella por partes:
Un punto de partida irreconocible
Lo más extraño de crear es el ínterin entre la idea y el acto. Por un lado, la dimensión de la idea, esa que opera como una especie de fantasma en nuestra cabeza y nos dice "esto va a ser así, ahora voy a hacer esto". Se podría decir que a la idea la acompaña nuestro raciocinio, nuestras interpretaciones, nuestro juicio: lo que creemos y lo que nos dicen que creamos, la experiencia, el pasado, lo que suponemos. Mucho palabrerío en la angustiante y siempre predecible dimensión de la idea, dimensión desde la que, por cierto, observamos con inquietud el lienzo en blanco imaginando qué hacer e intentando formular un sentido antes de experimentarlo, como si encontrar sentido se tratase de hacer un análisis minucioso y resumirlo en dos o tres palabras sin vida. Pero hay otro lado, sí, el mundo de la experiencia vívida; una dimensión que habitualmente irrita a las ideas, ya que nunca logra reflejarlas tal y como ellas pretenden. Es el mundo donde las manos nos traicionan, los trazos son imperfectos y nada sale como esperamos. "Esto está todo mal", piensan las ideas sobre los resultados físicos que con esmero habían diseñado y, pese a eso, han de traicionarlas. No hay nada que esperar en la dimensión vívida; todo es ahora, no hay ensayos y las predicciones nunca aciertan. Es más, normalmente es poco frecuente que algo resulte exactamente igual a como uno esperaba, y es en ese resto, en esos detalles, en que la creación se configura.
Empezar de cero. Algunos podrían objetar que nunca se empieza totalmente de la nada, otros responderían que somos creación en permanente devenir y sin procedencia ni referencias. Más allá del eterno debate filosófico, ¿se parte de algún lado? Pensemos en el estudio de Matisse. Como todas sus pinturas, lo que primero suele llamar la atención son los colores. Matisse era fauvista, es decir, formaba parte de un movimiento de pintores de vanguardia que buscaban ser provocativos con el uso que hacían del color. ¿De dónde salieron? Bueno, de una París a fines del siglo XIX en plena transformación, una ciudad donde, como en nuestra conciencia, las cosas se renovaban casi a la fuerza. Es en este escenario cultural e histórico que diferentes artistas comenzaron a sentir la necesidad de transgredir las normas establecidas hasta ese momento con respecto a la pintura, es decir, sea cual fuere el punto de partida lo más importante es que, "por h o por b", la búsqueda de algo nuevo y diferente a veces simplemente se vuelve una necesidad. Partir de cero, entonces, cobra quizás otro sentido: cuando sentimos la genuina necesidad de generar una novedad y encontrar una dirección diferente a la establecida, las formas de lo conocido que podemos interpretar como nuestro punto de partida se ven sujetas a tal tensión, a tal puesta entre paréntesis, que eventualmente ni siquiera podemos reconocerlas. Entonces, ¿de dónde venimos? Y lo que resulta aún más importante, ¿hacia dónde vamos?
Una tarea de vanguardia
A veces crear también tiene sus límites. Queramos o no, existen parámetros creativos que afectan directamente a nuestro modo de crear, formas que de alguna manera definen los límites de la creación en el afán de que la misma, originalmente inabarcable y extensa, se vuelva estereotipada y predecible, moviéndose únicamente entre dos tiempos que bien conocemos: pasado y presente. Sin embargo, no todo está perdido, porque la creación en tanto juego genuino e impredecible propone siempre una tarea de vanguardia (a la que, desde luego, podemos responder o no), un movimiento dirigido hacia el futuro que supone, ante todo, un ejercicio (no siempre agradable) de libertad, en el que los parámetros creativos conocidos pueden desordenarse y, en ocasiones, hasta destruirse.
La creación de algo nuevo, la configuración de un nuevo sentido, es en definitiva una tarea de vanguardia porque siempre trae consigo una actitud provocadora, aún cuando no se trate de una creación artística. Como en los famosos manifiestos dadaístas del siglo XX, producir cualquier cosa de carácter auténtico a veces termina siendo un ataque para con lo anterior, en el afán de reivindicar lo original, lo lúdico y lo inexistente hasta el momento. Al menos así lo expresaba Louis Aragon:
Son los amos de todo lo que rompan. Las leyes, las morales, las estéticas se han hecho para que respeten las cosas frágiles. Lo que es frágil está destinado a ser roto. Prueben su fuerza una sola vez: los desafío a que después no continúen. Lo que no rompan los romperá, será su amo.
Entonces allí estamos, en el estudio rosa de Matisse, pensando qué hacer. Cabría preguntarnos, ¿cómo crear algo auténtico si el punto de partida es una planificación basada en los parámetros existentes? ¿No es más sencillo pasar al acto? No, no siempre. Crear a veces se sufre y puede demorar más de lo previsto (crear nunca es predecible), ya que implica sacrificar lo conocido para someterlo al desorden y al desorden y eso, la mayoría de las veces, no es un juego entretenido. Pero volvamos al estudio. Si miramos con atención, notaremos que los objetos que allí se encuentran son fácilmente identificables: una escultura, una alfombra, una ventana. Las hemos visto cientos de veces y, sin embargo, Matisse introduce algo nuevo para ese momento, una paleta de colores intensos y provocadores. Sin intenciones de volvernos pintores expertos, quizá lo único que nuestras creaciones necesitan sea eso, es decir, la introducción de una nueva materia prima atravesando a lo existente. ¿Esa materia prima ya existe? Tal vez sí, pero no de forma relevante hasta el momento (los parámetros creativos siempre clasifican la relevancia de lo existente). De hecho, para Pakman (2014) "es una aparición de lo que hasta entonces no ha contado con una existencia posible relevante por estar fuera del orden de la micropolítica dominante de la situación" (p. 139). Aparece aquello que no era relevante y nos sorprende, nos vuelve partícipes de lo que Pakman (2014) entiende como "evento poético" y, como bien afirma el autor, "logra adquirir carta de ciudadanía para una existencia con una intensidad hasta entonces imposible de lograr". Si de tarea de vanguardia hablábamos, la palabra "tarea" en absoluto se encuentra de más, pues se trata de un trabajo imaginativo de búsqueda de extrañas y novedosas materias primas que, en última instancia, convertirán a la tarea en una aventura que pondrá entre paréntesis prejuicios y significaciones para invitarnos a experimentar lo que necesita ser experimentado, no explicado.
Un voto de confianza
"¿Y ahora qué hacer?" es una pregunta que nos confronta minuto a minuto, porque la vida nos interroga hasta por el acto más mínimo que vayamos a concretar y, queramos o no, no podemos escapar a nuestra elección: nos hallamos, si se quiere, sometidos a la tensión entre lo que somos y lo que queremos ser, entre lo que hacemos y lo que vamos a hacer. En este sentido, crear es una respuesta permanente y esperanzadora: sin importar el escenario, un proyecto y una dirección alternativa nos impulsan hacia el plano de lo posible, más allá de donde somos y estamos. Si no fuera así, ¿qué razón de ser tendría nuestra imaginación? Después de todo, tal vez crear se trate de combinar imágenes conocidas con desconocidas para intentar capturar lo novedoso de ellas, salir en busca de nuevas materias primas para ensanchar los parámetros a los que estábamos acostumbrados (sabiendo que ya es imposible conservar a estos últimos, porque después de la catarsis nunca volverán a ser lo que eran). Esa materia prima es a veces una conversación, un lugar, lo que sea. Incluso podría ser algo que dábamos por sentado. Lo importante es que, más allá de la índole de esa materia, la aventura de salir a buscarla es una experiencia de absoluta libertad: como en los juegos, la imaginación y los sueños, los límites los ponemos nosotros.
Un poco de esto, un poco de aquello. No saber exactamente lo que se está haciendo pero poner un voto de confianza para con lo que parece irracional. Es en esa experiencia de intentar y experimentar que las paredes del estudio rosa donde nos encontrábamos comienzan a desdibujarse, las esculturas cambian de color y la ventana es ahora un extraño portal. La alfombra ya no es alfombra, los colores son ahora sonidos y aromas. Pasado, presente y futuro se vuelven uno y todo parece intercalarse, el sí mismo se somete ahora a una nueva creación que lo impulsa más allá de sí. Extraña experiencia la de crear, pero aún más extraño el momento en que capturamos un resultado que nunca podríamos haber imaginado antes. Es en esa respuesta auténtica que el estudio de Matisse donde estábamos toma otro color y un nuevo orden se configura para otorgarnos la tranquilidad que tanto anhelábamos, con la única diferencia de que ahora ya no nos aferramos a ella.
The red studio, Henri Matisse, 1911
Aventura: “procede del latín adventura, forma neutra y plural del participio de futuro activo del verbo advenire (llegar), compuesto del prefijo ad– (aproximación, dirección, presencia), venire (venir) y el sufijo -urus/-ura que indica esa idea de actuante remitido al futuro, y que no hay que confundir con el sufijo de sustantivos -ura/-tura que indica actividad o resultado. En latín, Adventura significa “las cosas que han de llegar” y esta combinación de prefijo y raíz se refiere a aproximación (ad-) a los hechos inciertos que están por venir (ventura)".
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